La vida no es de color rosa, pero hay veces que para seguirla todo depende de que lo sea.


A veces queremos recordar esos momentos que nos eran alegres y al mirar atrás nos damos cuenta que en realidad no hicimos nada de nuestras vidas, además de aumentar cifras en una cuenta. Nos da curiosidad saber qué pasa con esas personas que dejamos atrás y fueron algo importante en nuestra historia, y deseamos saber si lo fuimos también para ellas. Sin embargo, para que la conformidad no se apodere de nosotros, hace falta un empujón para poner en marcha nuestro ánimo.

Eso fue lo que le pasó a Don Johnston (Bill Murray), un hippie venido a yuppie gracias al boom de las nuevas tecnologías. Con una fortuna multi-millonaria en su cuenta bancaria y una vida plena frente a él, tiene el retiro que todos desean en su pequeña mansión, si no fuera porque su joven novia lo acaba de dejar, no sabe ni prender una computadora y cada vez que se mira al espejo tiene que enterarse que ya no es el mismo galán fornido de hace una década. Por si fuera poco, Don ha recibido una carta de una mujer confesando que hace 20 años quedó embarazada de él y ahora su hijo ha salido en su búsqueda. El problema es que ni el mismo Don sabría cuál de todas las mujeres de su pasado es la responsable de la carta.

Afortunadamente, Don tiene a Winston (Jeffrey Wright) como amigo, un emigrante etiope, rasta, amante de las novelas policíacas y el internet –y por si fuera poco metiche, muy metiche-, quién ha puesto a nuestro personaje en un avión de vuelta a encontrarse con su pasado para buscar a las chicas de su vida con la única pista al respecto: la carta está escrita a máquina, con tinta roja, en papel rosa.

Lenta, contemplativa, con un protagonista inteligente y autista en busca de un motivo para seguir viviendo. Broken flowers (Flores rotas, 2005) de Jim Jarmusch nos eleva al ritmo de soul, reggae y jazz etiope en un viaje que trata de resolver el misterio detrás de la carta rosa y la razón de vivir de un viejo Don Juan.

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