Por Alejandro Carranza

Mientras en este país sigue vigente la clásica discusioncita esta de que si el rap “real”, la unión, la vieja y nueva escuelas, que si el mensaje, que si puro 4×4 noventero con basslines rompehocicos, el “under”, el mainstream, la evolución, lo wack…

Mientras pasa y sufre profesionalización el rubro, Kendrick Lamar tiene ya ocho meses de
haber gestado Section.80, el que es –para algunos con cierto criterio- de lo mejor que se soltó en el 2011. Ese K.Dot se sentó junto con no menos de 10 productores (cuya existencia me era hasta ahora ignota) a hacer lo que ya no muchos se sientan a hacer: un disco.

Neta, si hablas de Section.80 te refieres al sincretismo del disco entero y la casi indisociabilidad entre cada track, no solamente a 3 o 4 buenas rolas. Son historias, discursiva, letras bien pensadas, negritud (no de la fakeass, aunque en ocasiones con desmesura en el uso de la “n word”), drogas, la Ronald Reagan Era, habilidades que prescinden del “me la pelas” económico, -según Kendrick- “el legado de Leshane Parish Crooks” (¿lo sacan?). Y en caso de que lo anterior no te interese en lo más mínimo, son 16 tracks con una excelente musicalización canción tras canción, nomás con eso te vas bien pando.

Como ejemplo de lo anterior “Blow my high (Members only)”. Una canción de la que debes checar las lyrics (como debería ser siempre) y así vislumbrar el trasfondo (como la casi sátira contra Jay-Z y la parafernalia industrial o la especie de homenaje a la difunta Aaliyah). Esos órganos chidos y la música te ponen al mero mood y créeme, crean una atmósfera que –si te cargas cierto skill- propicia el que incluso la mujer que más te odia en este mundo te bese desaforadamente (en serio).

Bájenlo, no se quedarán indiferentes.

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